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Cuento

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Inés Garland

Una reina perfecta

                           Sentirás una ausencia, pronto
                          Que crece a tu lado como un árbol
                                                                Sylvia Plath

Busco a mamá aunque sé que nunca está cuando llego del colegio. Hay flores en la mesa de la entrada; en el baño de visitas veo la toalla de hilo recién planchada con un montón de tablas, como mi uniforme del colegio, y jabones nuevos, violetas, con perfume a violetas. Esta noche vienen invitados. Voy a la cocina y abro la heladera. En el estante del medio hay una mousse de chocolate, espumosa y perfecta. Me imagino que me siento en la alfombra del cuarto azul y me la como toda. Despacio. Con el dedo. Pero sé que la mousse no es para mí. Cuando escriba este recuerdo, querré saber por qué someto mi deseo, por qué ni siquiera la pruebo y me preparo una roseta con manteca para comer sentada en el piso del cuarto azul.
Al cuarto azul todos le dicen el escritorio menos yo. No es un escritorio, es un cuarto azul. Hay fotos en blanco y negro por todos lados. También hay un bar, dos puertas que se abren a una caja de espejos llena de botellas de líquidos dorados y transparentes y copas muy finas que mi hermana más chica se dedica a morder de vez en cuando, cuando nadie la está mirando.
(continúa dentro)

Mamá y papá entonces corren hacia ella, papá le mete los dedos en la boca para sacarle los vidrios aunque mi hermana sigue lo más bien como si fuera normal tener la boca llena de vidrios de una copa que le han dicho muchas veces que es cara y regalo de casamiento, y que si ella sigue con esa manía no va a quedar ninguna. A veces me gustaría volverme Pulgarcita y meterme en el bar que tiene olor a madera con otra cosa que, algún día lo sabré, es whisky. Sería como vivir en una ciudad de edificios de vidrio: me vería reflejada en el cielo y en la tierra, multiplicada detrás de las botellas, en fila para los costados junto con los palos para revolver los tragos.
También iría al cajón de la mesa de luz de mamá y me acostaría en una toalla chiquita y verde que tiene sobre un uñero de cuero con sus iniciales.
Mis hermanas deben de estar en algún lado, pero cuando escriba esto no podré acordarme de ellas y me parecerá que estoy sola en la casa y que lo único que hago es esperarla a mamá para pedirle un plato de mousse. Recordaré que en algún momento ella llega, entra en la casa apurada con el pelo largo y rubio y su nube de perfume que en esta época es de gardenia aunque yo no lo sepa hasta años más tarde.
Apenas la veo le pregunto si puedo comer un poco de mousse, un poquito de mousse, le digo, para que parezca menos.
—Es para los invitados —dice mamá y ahora que ella volvió sí puedo ver a mis hermanas sentadas frente a la televisión en los bancos de madera y a Berta que cocina para la noche.
Mamá levanta la tapa de la olla y prueba.
—Póngale una nishca más de sal —dice.
El brazo de Berta busca el plato de sal. Pienso que nishca debe ser cuando la sal se agarra así con la punta de los dedos y se deja caer sobre la comida como una nieve finita. Nevishca. Mamá se va para su cuarto y la sigo. No insisto
con lo de la mousse. Los no de mamá no se mueven ja- 16 más de su lugar. Son como piedras enormes y negras.
Los dice así, muy quietos, aunque no parece pensarlos mucho. Le salen fácil y las cosas se terminan ahí, en la piedra; si no, seguirían. Pero eso tampoco lo pienso ahora. La sigo por el pasillo y se mete en el baño, abre la ducha, antes de cerrar la puerta mira la hora, la veo acercarse la muñeca a los ojos, el pelo le cae por la espalda y debe ser un bosque suave lleno de perfume, un buen lugar para mí-Pulgarcita. En su cuarto, colgando sobre la puerta abierta del ropero hay un pantalón de terciopelo negro envuelto en un plástico. Encima de la cama, un sweater de cuello alto con hilos de plata. En el piso, un par de botas negras, de taco, altísimas. Me saco los zapatos, me pongo las botas y abro la puerta
del ropero para mirarme en el espejo. El corazón se me debe de haber subido a la cabeza porque lo siento golpear ahí, como loco. Desde el espejo me mira mi cuerpo con el uniforme arrugado, veo mis piernas flacas dentro de esas botas de mujer. Después, de repente, es tarde. Mamá está parada en la puerta con la salida de toalla y la gorra de baño y yo me saco las botas muy rápido pero me caigo sentada y las medias se me quedaron ahí dentro y de la puerta se cae el pantalón y mamá lo levanta. Qué hacés acá, los dedos, las botas recién lustradas, andá a lavarte las manos inmundas.
Algún día habré olvidado estas palabras. Las recordaré mientras escriba y pensaré que no debería repetirlas.
Mamá cierra la puerta y detrás de la puerta se debe de estar soltando el pelo, dejándolo caer de golpe, todo junto. Como Rapuntzel, pero no lo suelta para que yo suba a la torre por la trenza y la rescate, lo suelta para esperarlo a papá.
Papá no es el mismo de la foto que está en el cuarto azul, una foto en blanco y negro donde aparece pensando, con la camisa muy blanca y corbata y algo muy serio o limpio que sale de él. El de la foto es el de la mañana. Ahora papá tiene la corbata floja y está arrugado. Se va planchado a la mañana y vuelve arrugado a la tarde. Pasa por la cocina a darles un beso a mis hermanas.
—¿Por qué no vas a ver la tele, vos? —me pregunta cuando se encuentra conmigo en el cuarto azul.
Le preguntaría a él si puedo comer mousse, pero él nunca dice nada de esas cosas.
—Preguntale a tu madre —me contestaría.
Me toca la cabeza. Lo sigo por el pasillo hasta que se mete en el cuarto. La veo a mamá de espaldas en la penumbra. Se da vuelta de golpe cuando entra papá. Tiene el cuerpo echado hacia atrás. Algún día notaré que siempre aleja el cuerpo, como si tuviera que soportar contra su voluntad la cercanía de los demás, pero ahora me parece que está tomando envión para saltar hacia adelante como una gata enojada.
—Cada día llegás más tarde —dice.
Papá me mira y cierra la puerta. Me acuesto en el piso. No escucho las palabras de las voces atrapadas en el cuarto. Me duele la barriga. Por debajo de la puerta un aire frío y con olor a tierra de la alfombra me sopla en la cara. Seguramente me baño y como fideos o arroz, mientras Berta va y viene del comedor con el mantel, las servilletas blancas con olor a plancha; copas, miles de copas en una bandeja que después pone en fila al lado de cada plato; los cubiertos, también en fila, tenedor chico afuera, tenedor grande adentro, cuchillo chico afuera, grande adentro y hay que frotar todo con un repasador limpio para que brille después, cuando mamá venga y prenda las luces y las cosas se llenen de estrellas como si el cielo se hubiera caído en la mesa.
Mamá toca el timbre de su cuarto. Berta va. Viene. Busca un vaso de agua. Va. Viene. Trae las botas.
—¿Qué tenías que ir a tocar? —me dice.
Se va al lavadero. Vuelve con las botas y va. Viene. Llena dos jarras de plata con agua de la heladera
y mucho hielo. En el baño mamá se está pintando con la puerta abierta. Al salir me sonríe y algún día pensaré que es
como verla en la televisión.
—¿Ya comieron? —pregunta.
La sigo al living donde pone música. Dream a little dream of me. La sigo a la cocina. Habla con Berta.
Mis hermanas la miran. Sabré cuando escriba esto que a mis hermanas también les parece una reina lejana
esta mujer de pantalones de terciopelo y sweater de brillitos y pelo largo y rubio que le cae por la espalda.
La reina dice que podemos saludar a los invitados cuando lleguen. Mi hermana más chica tiene que
prometer que no va a morder ninguna copa.
Un rato más tarde estamos bogando entre los invitados. Escribiré bogando cuando haya ido a muchas
fiestas parecidas a ésta. Qué grandes que están. Qué amor. Están cada
día más iguales a vos. A Esteban. Aire de familia. Mamá me apoya una mano en el hombro, su
brazo lleno de pulseras tintinea cerca de mi oreja.
—Qué mona estás —le dice un señor perfumado y ella saca la mano de mi hombro, dice gracias pero barre el aire como si lo que acaba de decirle el señor fuera una mosca.
—Está idéntica a su abuela —dice una de las amigas con voz muy fuerte. Y habla de mí.
No me es fácil imaginarme con la cara de mi abuela. Papá le alcanza un vaso de vino a una amiga de mamá.
—Qué amor —le dice ella y le toca la cara. Su mano de uñas pintadas se queda un instante en la cara de papá.
Mi hermana trata de morder una copa pero la ven y nos mandan a la cama por eso. El señor perfumado mira por primera vez en dirección a mí pero no me ve. Mamá me empuja un poco por la espalda.
Allez. Papá es el que nos lleva al cuarto.
Hablamos en voz baja en la oscuridad, mis hermanas y yo. Lo escribiré porque lo habremos hecho en
todas las fiestas. No recordaré ninguna de nuestras conversaciones. Desde el living llegan voces, la música, algún
grito, una risa muy fuerte de un amigo de papá que se ríe así siempre, como si quisiera que todos sepan
que algo le hizo gracia. Mis hermanas se duermen. Yo escucho la puerta corrediza del comedor cuando mamá
la abre para que pasen a comer. Me quedo dormida. Me despierto sobresaltada. Hay alguien en el
pasillo. Se oyen las voces del otro lado de mi puerta cerrada. Alguien se ríe y toma mucho aire como si se
ahogara. Una voz —la conozco aunque ahora no quiera reconocerla— se enrosca en el aire y baja y
sube, una voz de víbora que se arrastra por debajo de mi puerta y vuelve al pasillo y parece subirle por el
cuerpo a la otra voz, de mujer, que hace ruidos cortos, suspira, se queja muy despacio como si no quisiera
que la escucharan.
—Estás loco —dice la voz de mujer—, por favor, basta.
La voz de víbora se mueve por el aire, baila. La voz de mujer vuelve a decir, “loco”, pero se ríe cuando lo dice.
De repente mamá está llamando a papá. Su voz viene nadando por el pasillo donde alguien volcó de golpe los ruidos de la fiesta.
—Esteban —está diciendo.
La puerta de mi cuarto se abre y alguien entray la cierra con rapidez.
—Esteban —vuelve a decir mamá—. Ya no sabía dónde buscarte.
—Me moría por una aspirina —dice papá del otro lado de la puerta.
Oigo respirar a la persona que se metió en mi cuarto.
Me quedo muy quieta.
—Hay en el botiquín.
La persona que se metió en mi cuarto se aplasta contra la pared. Estoy segura de que va a oír mi corazón en la oscuridad. Una de mis hermanas habla dormida. Siento el aire que entra de golpe en la boca de la persona que está contra la pared.
Mucho después de que las voces de papá y mamá ya no se oigan, abre la puerta y se va. Deja su perfume
estancado en el aire del cuarto.
Para un cumpleaños alguien me regalará ese perfume. Ese día abriré la tapa del frasco para olerlo y recordaré esta noche escondida en mi memoria.
Me vuelvo a quedar dormida. Unos gritos exaltados de papá me despiertan. Ya no hay música ni otras voces.
Me levanto. El living huele a cigarrillo. La puerta corrediza que da al balcón está abierta y papá y mamá están afuera. Papá se agarra de la baranda con el cuerpo asomado hacia abajo y habla a los gritos como si les escupiera palabras a sus amigos que están en la calle. Mamá saluda con el brazo en alto.
—Qué manga de borrachos —dice papá y los dos se dan vuelta para entrar.
Antes de que se den cuenta de que estoy ahí los miro un momento. Mamá está seria y tiene la cara muy blanca. La boca despintada queda desnuda y triste y la hace parecer enferma. Cuando escriba tendré que admitir que es como una victoria verla así. Y que me da mucho miedo.
—¿Dónde estabas cuando desapareciste? —le dice a papá.
En ese momento me ven.
—¿Puedo comer un plato de mousse? —digo.
—No hay más —dice mamá.
En el mismo instante en que lo dice, veo la mousse. En el piso, al lado de un parlante. Queda un poco menos de la mitad pero no la voy a poder comer.
Está llena de colillas de cigarrillo aplastadas en la espuma o flotando en un líquido grisáceo.
—Andá a tu cama —dice mamá, pasando por delante de mí.
La sigo hasta el baño, la veo de perfil frente al espejo. Se recoge el pelo y se lo ata detrás de la nuca.
Sabe que estoy ahí, mirándola. Entonces, sin sacar la vista del espejo, cierra la puerta.

Inés Garland nació en 1960. Fue periodista, productora de televisión y realizadora de documentales y cortometrajes.
En 1997 se volcó a la escritura de ficción y muchos de sus relatos fueron premiados. En 2005, su libro de cuentos La Reina Perfecta obtuvo el segundo premio del Fondo Nacional de las Artes y más tarde publicó, en Alfaguara, El rey de los centauros. Piedra, papel o tijera es su primera novela para jóvenes.-